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El traficante de libros

El blues de la muralla romana (II)

El blues de la muralla romana (II)


Cinco metros de altura por tres de ancho en su parte más gruesa. Recorre 117 kilómetros de este a oeste a través de páramos y brezales. En cada extremo enlaza con un río que continúa la línea defensiva hasta llegar a la costa y dividir la isla de Britania en dos: las ricas tierras llanas al sur y las montañas al norte. Está hecho de piedra aunque, para acelerar los trabajos, los tramos finales se levantaron con turba y luego se construyeron de nuevo en piedra. Tras cada milla romana (kilometro y medio aprox.) del trazado se levantó un fortín (miles) que contenía una guarnición y custodiaba una puerta de acceso al otro lado de la frontera. Entre cada miles a lo largo de la muralla se situaban dos torres de observación, cuya vigilancia era más amplia al estar enclavadas sobre terreno elevado. Las obras le costaron 6 años de trabajo a las Legiones II, VI y XX desde que comenzarán aproximadamente en 122 d.C., tras la inspección personal y la reorganización de las defensas fronterizas del imperio romano realizadas por el emperador Adriano.


El Muro de Adriano, entre Escocia e Inglaterra, es quizá la segunda muralla más famosa del mundo después de la de China y, al igual que esta, ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Vamos a robarle una idea a algunos patronos de El Traficante tales como Terry Pratchett o Paul Auster:

Un muro ¿sirve para evitar que escape lo que está dentro o para evitar que entre lo que está fuera?


En El pueblo de la niebla, una mezcolanza de adaptaciones de leyendas irlandesas y celtomanías varias de su autor, Suso de Toro más o menos venía a decir que el muro sirvió para encerrar las esencias celtas en un rincón de la isla y mantenerlas alejadas del mundo civilizado que se encontraba al otro lado. Chorradas.


Lo cierto es que el Muro no era considerado como un castillo al que había que defender de un ataque externo, sino como una barrera que permitía controlar quien entraba o abandonaba la Britania romana (la tribu nativa de los brigantes vivía a ambos lados de la línea defensiva). Las tropas que custodiaban las almenas ni siquiera pertenecían a las famosas legiones mamporreras de élite, que se encontraban acantonadas detrás de la primera línea de defensa en campamentos próximos como Eboracum (York) o Alauna. Los centinelas eran auxiliarii, tropas de apoyo que procedían de la Tungria, en la frontera con Holanda; en otros casos, como los integrantes de la caballería sármata, de las llanuras húngaras, al otro lado del mundo conocido. Su misión era mantener vigiladas las entradas y el terreno al otro lado para dificultar el acceso a los saqueadores. Pero poco podían hacer frente a invasiones en masa (en realidad, migraciones de poblaciones enteras) como las que realizarían los pueblos germanos en su cruce de la frontera helada del río Danubio.


Tras estas descripciones de la última frontera podrían resonar ciertos ecos de la lejana gloria imperial, tambores de batalla, Roma Vincit!, la banda sonora de Gladiator puesta a todo volumen, este último Arturo rodado a golpe de puto video de la MTV y cosas así. El Traficante prefiere aparcar tales memeces y recomienda el conciso poema del señor Auden para aprender la única verdad fundamental de aquellos soldados y de cualquier otro soldado posterior: quiero mi chica y quiero mi paga.

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1 comentario

Raquel -

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