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El traficante de libros

Peligros de la literatura


Carlos María Domínguez: La casa de papel


Los libros cambian el destino de las personas. Unos leyeron El tigre de Malasia y se convirtieron en profesores de literatura en remotas universidades. Siddhartha llevó al hinduismo a decenas de miles de jóvenes, Hemingway los convirtió en deportistas, Dumas trastornó la vida de miles de mujeres y no pocas fueron salvadas del suicidio por manuales de cocina. Bluma fue su víctima.


Pero no la única. El viejo profesor de lenguas antiguas, Leonard Wood, quedó hemipléjico al recibir cinco tomos de la Enciclopedia Británica en la cabeza, desprendidos de un estante de su biblioteca; mi amigo Richard se quebró un pierna al intentar llegar hasta ¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner, mal ubicado en un estanque que lo llevó a caer de la escalera. Otro amigo de Buenos Aires enfermó de tuberculosis en los sotanos de un archivo público y conocí a un perro chileno que murió indigestado con Los hermanos Karamazov, después de devorar sus paginas en una tarde de furia.

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