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El traficante de libros

Si esto es un hombre: En el día de hoy

<em> Si esto es un hombre</em>: En el día de hoy

Primo Levi:Si esto es un hombre


Se cumple el 60 aniversario de la liberación de Auschwitz. Para introducirse en estos acontecimientos el Traficante recomienda la lectura de Si esto es un hombre; una obra que es algo más que un simple testimonio autobiográfico, el año de cautiverio de Primo Levi en el lager, ya que trasciende la anécdota para dar pie a una novela (es decir una ficción y una manipulación de sucesos) de excelente calidad. Sobresalen episodios como aquel en el que el autor va enseñando fragmentos de la "Divina Comedia" por vía oral a un joven prisionero, mientras ambos recorren el camino al trabajo; o aquel otro en el que nuestro protagonista, ingeniero químico de profesión, es examinado como ayudante de un laboratorio dentro del campo y consigue en un desesperado esfuerzo que vayan aflorando los elementos de la tabla periódica y las composiciones, semidesterradas de su cabeza por las necesidades urgentes de procurarse comida y descanso.


Una lectura de prosa sencilla y un testimonio directo sobre aquella morada de fango y dolor, un verdadero crisol de culturas y lenguas reunidas en el peor momento y entre las que se entremezclaba ese extraño español sefardita que salía de boca de los deportados judios de Salónica. Puede que sea la personalidad mediterranea del escritor o su proverbial claridad, pero algo hay en su escritura que es ajeno al tremendismo que otros que no vivieron aquellos sucesos se empeñan en pintar con grandes palabras y gestos vehementes: el rotundo "Nunca más", por ejemplo. Mirando en derredor y viendo lo que hay, es un término que ha terminado por repetirse tanto que dadas las circunstancias ha perdido cualquier fuerza que en su momento pudiera tener.


El Traficante recomienda al lector avanzado y sin miedo a las emociones fuertes pasar directamente de este libro a Los orígenes del totalitarismo: 580 páginas de pura investigación y bibliografía a cargo de Hannah Arendt sobre los caminos que llevarón a Auschwitz (y a tantos otros sitios) y cuya temática nunca dejará de estar ya de actualidad.

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"El Chico de la Moto es el Rey"

&quot;El Chico de la Moto es el Rey&quot;


La ley de la calle fue llevada al cine en 1983 por Francis Ford Coppola, un director casi tan obsesionado con la épica urbana de puños, cadenas y ley al margen de la ley como su colega Scorsesse. En su personal estilo rodó la película en blanco negro, mostrando el mundo tal como se vería a través de la vista defectuosa del Chico de la Moto, interpretado aquí por Mickey Rourke en la época en que todavía se le podía llamar actor. Tan solo en un par de escenas, un pez luchador (el Rumble fish que da título original a la película y el libro) que pelea contra su propio reflejo en el acuario de una tienda de animales destaca en un intenso color rojo. Un truco del idioma cinematográfico que más tarde utilizaría su colega de generación Steven Spielberg en la sentimental, y a veces directamente lacrimógena, La lista de Schlinder con las escenas de la niña del abrigo rojo caminando a través del gueto de Varsovia.


En la foto: Rusty James (Matt Dillon) al frente de su banda, un poco crecidos para la edad que se les supone en el libro. Además del propio Dillon, en esta película salieron a la luz nombres ahora famosos como Chris Penn, Nicholas Cage o Laurence Fishburne.

La ley de la calle: una de bandas

<strong><em>La ley de la calle</em></strong>: una de bandas

Susan E. Hinton: La ley de la calle


Hasta que el éxito de Harry Potter vino a romper la balanza, el subgénero de la literatura juvenil se hallaba en un equilibrio constante entre dos modalidades casi tan típicas que resultaban tópicas, y que además eran resultado de una división falsa, más editorial y comercial que otra cosa. Pero viene bien recordarlas:


a) por un lado, un aglomerado de escapismo y fantasía, la evolución moderna del cuento de hadas, más Tolkien, los bestiarios y alguna que otra cosa añadida de la imaginación propia de cada autor: Todas las influencias que pudieran caber dentro de las páginas de La historia interminable de Michael Ende, por ejemplo, la imaginación sin fronteras.


b) por otro, historias de la vida real desarrolladas en esa época difícil que es la adolescencia, el mejor invento del siglo XX, una vez que los autores románticos le exprimieron todo el jugo al concepto de juventud durante el XIX. En medio de la urbanizada sociedad occidental de los últimos treinta años surgen hordas de chavales que son víctimas de divorcios y abandonos de padres, protagonizan huidas de casa, juegan a detectives de novela negra y se meten en asuntos sucios y problemas con los estupefacientes acompañados de moraleja (algo del tipo "niños, dejad el mundo de las drogas: somos muchos y ya hay pocas"). Quizás La ley de la calle, por el tiempo transcurrido desde que fue escrito y por su indiscutible calidad sea el gran clásico del subgénero (y que se fastidien Salinger y Kerouac).


Rusty James es un príncipe heredero, líder nato de una pandilla de estudiantes que en su tiempo formaron la sección junior de una antigua banda callejera (una auténtica como las descritas en el libro de Herbert Asbury Gangs de Nueva York. Pero las bandas ya no existen, y todo por decisión de su hermano mayor, El Chico de la Moto (llamado así por su afición a robar una de vez en cuando para dar una vuelta por ahí hasta, digamos, el otro extremo del país). Las bandas eran algo divertido al principio, la gresca y la lucha por el territorio estaban bien, pero luego se hicieron aburridas para El Chico. Es este un personaje extraño, desconcertante y admirable a los ojos del adolescente Rusty James. No es como los adultos, el padre de ambos que ahoga su fracaso entre borracheras y lecturas, o los insufribles profesores y tutores de la escuela -el más patético, el entrenador deportivo que hace todo lo posible por molar tanto como Rusty. Posiblemente, su hermano sea el último joven y el último rebelde: de él ha aprendido todo lo que sabe, cosas como "medir distancias" y contar "adversarios y armas" durante una lucha callejera, así como cultivar la inteligencia a base de leer libros y no solo la parte de atrás de los paquetes de cereales. Rusty envidia hasta el extraño defecto acromático que sufre su hermano en los ojos y le hace ver el mundo en blanco y negro, lleno de matices grisáceos. Pero nunca podrá igualarle porque ya no hay oportunidad para ello, el Rey dejará un sucesor pero ningún reino.


La novela se va desarrollando a lo largo de la extensa confesión que realiza Rusty a su amigo Steve (el empollón del grupo), muchos años después del tiempo de la historia. Toda ella está aderezada con un lenguaje coloquial y de jerga urbana que la traducción española hace que suene algo artificial: aunque desde luego nada comparable a los rebuznos lingüísticos que se oyen en algunas series juveniles de la televisión. Su estilo es breve, seco pero muy descriptivo, clave para mantener a eso jóvenes lectores que están a un paso o bien de leerse Los miserables en dos tomos, o de pasarse al Marca por siempre jamás.

Lilít y otro relatos:En una morada de fango y dolor

<strong><em>Lilít y otro relatos</em></strong>:En una morada de fango y dolor

Primo Levi: Lilit y otros relatos


Primo Levi, un joven ingeniero químico italiano de origen judío, permaneció prisionero durante un año en el lager (campo de concentración o exterminio) de Auschwitz trabajando en régimen de esclavitud. De su experiencia en aquel lugar nació la novela Si esto es un hombre, que junto a su ensayo sobre el llamado "universo concentracionario" Los hundidos y los salvados lo han convertido en él autor más conocido sobre esta trágica materia.


Las dos obras citadas, más la novela La tregua que narra su liberación del campo y la aventura del retorno desde Polonia a Italia (dando un pequeño rodeo por Ucrania y Rumania de un año de duración), muestran a un autor dotado de facilidad de palabra, poseedor de eso que se llama una escritura limpia, propia de su formación científica y libre de los excesos metafóricos y la paja adjetival en la que a veces caen (caemos) los especialistas de letras. Nos hablan también de un hombre dotado de una gran cultura, que suma al aprendizaje familiar hebreo, el clásico grecolatino que todo buen europeo poseía entonces, más las lecturas literarias de una mente inquieta que ya soñaba con hacerse escritor antes de que el mundo se le cayese encima: la clásica figura del intelectual ante Auschwitz, que a veces ha inducido a creer que solo se encerraba en los campos a profesores de violín y catedráticos de filosofía. Naturalmente un obrero ruso, un artesano manual polaco, un campesino húngaro tenían más posibilidades de sobrevivir en los campos gracias a su utilidad y a la costumbre del trabajo físico: pero una vez liberados muy pocas de estas personas eran capaces de dejar su testimonio escrito (o al menos, de presentarlo en una forma interesante al lector para que perdurase) como lo hicieron Jorge Semprún, Imre o Kertész o el propio Levi. Ya este último escribe en uno de los relatos del libro que transmitir, expresar, expresarse y hacerlo con claridad, es un privilegio de pocos. Algunos podrían, pero no quieren; la mayoría ni quiere ni sabe.


Así pues, cultura y claridad de escritura son las fuerzas de las que el autor dispone para conformar esta serie de relatos que se divide en tres bloques distintos, donde se agrupan los cuentos según su temática. La primera parte está dedicada al mundo del lager y a sucesos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial o en la inmediata posguerra; las historias están compuestas por anécdotas personales vividas en aquellos días (Nuestro sigilo, Un discípulo, Capaneo) o escuchadas a otros (Cansado de ficciones, El regreso de Cesare). Pero también tienen cabida episodios históricos de cierta importancia, como el que se narra en El rey de los judíos acerca del gobernante del gueto de Lodz, a la vez un títere impuesto por los nazis y también un ejemplo sobre el ansia de poder a cualquier precio que puede medrar con fuerza incluso entre los más oprimidos (o bien, precisamente entre los más oprimidos).


Lilít, el relato que da título a la recopilación del libro y uno de los mejores entre ellos, parte del diálogo entre dos prisioneros (uno es el propio Levi) y desarrolla una historia dentro de otra historia, llena de una magia extraordinaria salida de la tradición hebrea, sobre el tema de la primera mujer originada en el mismo barro que Adán, antes de la creación de Eva. Pero, a la vez, la magia de la narración tiene que hundir los píes en la tierra, en esta morada de fango y dolor que es el lager y en la que ambos dialogantes se encuentran apartados, fuera del mundo y de la vida. Aunque a veces no falten rasgos de humor, predomina en general la melancolía (pero nunca el fatalismo) sobre estos relatos.


El segundo bloque narrativo nos descubre a un Primo Levi cultivador del género breve de ciencia ficción, a la vieja usanza de un Arthur C. Clarke, quien por lo demás es una de sus influencias literarias. Así, en Una estrella tranquila el autor aúna la capacidad de dotar de humanidad la transformación de una distante estrella en una nova con la descripción del inminente problema cotidiano al que se habrá de enfrentar un astrónomo y padre de familia. La bestia en el templo o Calor vertiginoso son territorios abiertos a los amigos de Escher, Borges y los palíndromos, mientras que Los gladiadores se trata de una humorada (casi habría que decir una italianada) sobre un curioso espectáculo de masas en un futuro algo cercano que quizá algún día llegue a retransmitirse por las televisiones de Berlusconi. El humor perenne del autor continúa con Tantalio, historia acerca de un barniz químico que demuestra ser un eficaz aislante contra la mala suerte, y Autocontrol que muestra lo difícil que es supervisar personalmente las actividades del propio organismo que se consideran automáticas. Los relatos también derivan hacia la fantasía folklorica en Los constructores de puentes o el clásico género de la fábula (Las hermanas del pantano), aunque una vuelta de tuerca a este último tema pueda ser Disfilaxis, donde tras una revolución genética de la naturaleza se demuestra que todos llevamos un animal (o una planta) dentro. Prevalecen aquí, por la brevedad de espacio, la literatura de ideas y de anécdota científica.


El tercer conjunto de relatos agrupa un suerte de cajón desastre, en el que se contienen desde nuevos relatos de la época de guerra hasta una serie de reflexiones más o menos filosóficas. Ejemplos de estos últimos son Los brujos, que combina la lección de antropología con la exposición de una idea tan poco optimista en términos científicos como pueda ser que la humanidad no siempre está destinada naturalmente al progreso técnico, sino más bien al contrario. Otro ejemplo reflexivo es también Descodificación, donde surgen sin previo aviso viejos fantasmas conocidos por el autor. Lo que en principio comienza como una diatriba del incorregible y ya jubilado ingeniero químico contra el uso de los sprays de pintura sobre las paredes, da paso a una investigación personal del ex-prisionero acerca de los orígenes de las pintadas fascistas que inundan un pequeño pueblo, y que se descubren en realidad como un mensaje a descifrar que incita a la reflexión.


En resumen, se suele decir que en el combate de boxeo que se entabla entre el texto y el lector, la novela gana por puntos mientras que el cuento ha de hacerlo por K.O. en virtud del reducido espacio y tiempo que dispone. Pero en este libro, sin embargo, no tenemos tal combate. Estos cuentos que nos llevan de la mano la mayor parte de las veces, son amigables, a veces más tristes a veces más alegres, y no pretenden mayor alarde formal o intelectual que el de dejar constancia de unas ideas lúcidas y unos sentimientos de vitalidad sencillos, pero básicos.

Peligros de la literatura III

Peligros de la literatura III

Fernando Báez: Historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak

El caso de los libros-bomba


Una de las preocupaciones que se añade a esta crónica de la destrucción de libros es el uso particular dado por algunos terroristas y carteles de la mafia a los libros. Desde hace ya muchos años, se han elaborado libros-bomba, volúmenes en cuyo interior se colocan explosivos de alta potencia para matar a su destinatario cuando éste lo abre. El libro, utilizado como un medio de intimidación o asesinato, se convierte así en un instrumento de terror bastante efectivo, y cualquiera puede ser víctima de este tipo de ataque.


Hay cientos de manuales clandestinos sobre cómo hacer un libro bomba. En Internet hay textos con instrucciones detalladas sobre el uso de componentes y las construcciones menos arriesgadas. Hay incluso preferencias por ciertos autores y abundan las listas de títulos, categorías de palabras, tamaños... Ciertos grupos, por ejemplo, consideran inadecuada
la Biblia y en cambio muy útil Don Quijote.


Terroristas como el Unabomber hicieron uso de este mecanismo perverso en 1980. La Casa Blanca recibe año tras año cientos de libros con bombas, que desactivan los organismo de seguridad. En Colombia, es bastante frecuente el envío de libros-bomba a políticos, fiscales, periodistas o militares. En el 2002, por ejemplo, el fiscal general de este país recibió una biografía de Simón Bolívar, en cuyo interior había 210 gramos de nitrato de amonio, los cuales hubieran podido matarlo sino fuera porque una brigada especial actuó con gran celeridad. En diciembre de 2002, el senador Germán Vargas Lleras quedó gravemente herido después de la explosión de un libro bomba. Y hechos como éste se repiten semanalmente en este país.


Cientos de empleados postales, portales, secretarias, y hombres y mujeres de los más variados oficios, han muerto por esta causa. El 12 de diciembre de 2002 fue enviado un libro-bomba a la sede de la oficina de la redacción del diario
El País, en Barcelona. Los responsables de este atentado frustrado fueron miembros de un grupo llamado Cinco C, opuestos al capitalismo, a las cárceles y a los carceleros.


El 27 de diciembre de 2003 de diciembre de 2003 estuvo a punto de morir Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, cuando abrió un libro bomba en el que se había colocado pólvora. El ejemplar que recibió fue
Il piacere de Gabriel D´annunzio.

Peligros de la literatura II

Peligros de la literatura II

Philip Kerr Una investigación filosófica


Los libros visten una habitación, escribió Anthony Powell. Jake se dijo que en estos tiempos posteriores al milenio, los libros también vestían la cultivada vida de muchos asesinos en serie.


Jerry Sheriff, el hombre que asesinó al presidente de la Comunidad Europea, Pierre Delafons, le leyó "La Tierra Baldia" de Eliot de cabo a rabo antes de volarle la cabeza. Greg Harrison, típico ejemplo de asesino ocasional, estaba escuchando un disco de poemas de John Betjeman cuando, de pronto, fue poseído por un acceso de locura asesina y, armado con un montón de granadas, sembró el terror en las calles de Slough, y mato a cuarenta y una personas. El asesino en serie norteamericano Lyndon Topham dijo que había matado a un total de veintisiete personas en diferentes partes de Texas porque eran los Caballeros Negros de "El Señor de los Anillos" de Tolkien. Y Jake ya había perdido la cuenta de los asesinos en serie que pretendían estar influidos por Nietzsche.

Peligros de la literatura


Carlos María Domínguez: La casa de papel


Los libros cambian el destino de las personas. Unos leyeron El tigre de Malasia y se convirtieron en profesores de literatura en remotas universidades. Siddhartha llevó al hinduismo a decenas de miles de jóvenes, Hemingway los convirtió en deportistas, Dumas trastornó la vida de miles de mujeres y no pocas fueron salvadas del suicidio por manuales de cocina. Bluma fue su víctima.


Pero no la única. El viejo profesor de lenguas antiguas, Leonard Wood, quedó hemipléjico al recibir cinco tomos de la Enciclopedia Británica en la cabeza, desprendidos de un estante de su biblioteca; mi amigo Richard se quebró un pierna al intentar llegar hasta ¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner, mal ubicado en un estanque que lo llevó a caer de la escalera. Otro amigo de Buenos Aires enfermó de tuberculosis en los sotanos de un archivo público y conocí a un perro chileno que murió indigestado con Los hermanos Karamazov, después de devorar sus paginas en una tarde de furia.

Postales del Traficante (II): visita a una libreria

Postales del Traficante (II): visita a una libreria


Londrés, 1940. Traficantes de libros ojean ejemplares entre los restos de librería de la Holland House tras un bombardeo realizado por la Luftwaffe alemana.

Libro de la Edad Oscura: Arturo y su pandilla

<em><strong>Libro de la Edad Oscura</em>:</strong> Arturo y su pandilla

Federico Villalobos: Libro de la Edad Oscura


¿Por donde empezar a conocer, si alguna vez se empieza, el ciclo literario del rey Arturo y sus caballeros, una historia que como la del Quijote todo el mundo conoce más o menos de oídas sin necesidad de haberla leído? Para quien no tuviera dedicación para los romances franceses, los poemas de Tennyson, las revisió novelada del mito por parte de John Steinbeck, o las especulaciones sobre arqueología militar de Bernard Cornwell este libro sería un buen comienzo; sobre todo si se inicia a una edad temprana, ya que por algo pertenece a una colección juvenil. Por otro lado, no hay muchos autores en lengua castellana que se hayan acercado al tema artúrico. Aunque universal como el propio don Quijote, estos otros caballeros no dejan de pertenecer al mundo anglosajón y apenas se pueden contar con ejemplos como La Rosa de Plata de Soledad Puertolas o algunos poemas e introducciones de Luis Alberto de Cuenca.


Se trata de un relato de chicos (y chica) para chicos (y chicas) dividido en dos partes: la juventud (El Traficante miente, quise decir adolescencia) de Merlín, contada por él mismo, y la posterior adolescencia de Arturo bajo la protección de aquél. Con los protagonistas en esta edad no es difícil enganchar a un determinado público. Tenemos aventura, algo de historia de la Britania post-romana del siglo V, didactismo, valores de esos que se dicen universales como el compañerismo de la pandilla de Arturo y también un poco de tomar y mezclar las fuentes medievales clásicas: la Historia de los Reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth sobre todo.


El lector artúrico reconoce de nuevo los tipos habituales: el cruel usurpador Vortigern, el heróico caballero Gawain, el fiel caballero Kay, la perversa bruja (druida) Morgana y la bella princesa Ginebra (aunque en este último caso hay reservada una sorpresa). Ninguna referencia sin embargo a Lancelot, una incorporación tardía al mito, al igual que la Mesa Redonda. Ésta por cierto es sustituida por la costumbre de la pandilla de muchachos de Arturo de sentarse en circulo en torno al fuego.


La escritura de este Libro de la Edad Oscura sale de la pluma del propio Merlín. Con éste pretende suplir la falta de información sobre los hechos de aquella época. Aunque suene muy lírico o fantástico o lúgubre o lo que sea, una "edad oscura" representa en la Historia simplemente un periodo de tiempo en el que no quedan constancia de datos escritos entre dos épocas documentadas. El mismo nombre de "edad oscura" recibe el tiempo que existió entre la caída de la Grecia Micénica y la aparición de las primeras polis. Si lo llamasen Edad Muda sonaría bastante ridículo.


Por lo demás, en medio de esta oleada de fantasía o de fantástico que cae sobre la literatura infantil-juvenil a la cola de Harry Potter, el relato de Federico Villalobos es una obra que va a contracorriente del género (representado en el mismo estilo y colección por los libros de Laura Gallego). Apunta hacia un tipo de racionalismo y de explicación de lo maravilloso en episodios tan celebres como los dos dragones y el castillo de Vortigern durante la infancia de Merlín, el truco del cambio de identidad que permite al padre de Arturo colarse en la fortaleza de Tintagel haciéndose pasar por el marido de Ygrain, o la entrega de Excalibur. Sin embargo, tanto sentido común para una historia que es la madre de todas las narraciones de fantasía épica europea (anteriormente conocida como "libros de caballería") tiende a ser exagerad, aunque no hay que negar que le da un sabor propio.

El blues de la muralla romana (II)

El blues de la muralla romana (II)


Cinco metros de altura por tres de ancho en su parte más gruesa. Recorre 117 kilómetros de este a oeste a través de páramos y brezales. En cada extremo enlaza con un río que continúa la línea defensiva hasta llegar a la costa y dividir la isla de Britania en dos: las ricas tierras llanas al sur y las montañas al norte. Está hecho de piedra aunque, para acelerar los trabajos, los tramos finales se levantaron con turba y luego se construyeron de nuevo en piedra. Tras cada milla romana (kilometro y medio aprox.) del trazado se levantó un fortín (miles) que contenía una guarnición y custodiaba una puerta de acceso al otro lado de la frontera. Entre cada miles a lo largo de la muralla se situaban dos torres de observación, cuya vigilancia era más amplia al estar enclavadas sobre terreno elevado. Las obras le costaron 6 años de trabajo a las Legiones II, VI y XX desde que comenzarán aproximadamente en 122 d.C., tras la inspección personal y la reorganización de las defensas fronterizas del imperio romano realizadas por el emperador Adriano.


El Muro de Adriano, entre Escocia e Inglaterra, es quizá la segunda muralla más famosa del mundo después de la de China y, al igual que esta, ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Vamos a robarle una idea a algunos patronos de El Traficante tales como Terry Pratchett o Paul Auster:

Un muro ¿sirve para evitar que escape lo que está dentro o para evitar que entre lo que está fuera?


En El pueblo de la niebla, una mezcolanza de adaptaciones de leyendas irlandesas y celtomanías varias de su autor, Suso de Toro más o menos venía a decir que el muro sirvió para encerrar las esencias celtas en un rincón de la isla y mantenerlas alejadas del mundo civilizado que se encontraba al otro lado. Chorradas.


Lo cierto es que el Muro no era considerado como un castillo al que había que defender de un ataque externo, sino como una barrera que permitía controlar quien entraba o abandonaba la Britania romana (la tribu nativa de los brigantes vivía a ambos lados de la línea defensiva). Las tropas que custodiaban las almenas ni siquiera pertenecían a las famosas legiones mamporreras de élite, que se encontraban acantonadas detrás de la primera línea de defensa en campamentos próximos como Eboracum (York) o Alauna. Los centinelas eran auxiliarii, tropas de apoyo que procedían de la Tungria, en la frontera con Holanda; en otros casos, como los integrantes de la caballería sármata, de las llanuras húngaras, al otro lado del mundo conocido. Su misión era mantener vigiladas las entradas y el terreno al otro lado para dificultar el acceso a los saqueadores. Pero poco podían hacer frente a invasiones en masa (en realidad, migraciones de poblaciones enteras) como las que realizarían los pueblos germanos en su cruce de la frontera helada del río Danubio.


Tras estas descripciones de la última frontera podrían resonar ciertos ecos de la lejana gloria imperial, tambores de batalla, Roma Vincit!, la banda sonora de Gladiator puesta a todo volumen, este último Arturo rodado a golpe de puto video de la MTV y cosas así. El Traficante prefiere aparcar tales memeces y recomienda el conciso poema del señor Auden para aprender la única verdad fundamental de aquellos soldados y de cualquier otro soldado posterior: quiero mi chica y quiero mi paga.

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Es necesario, es bueno. Consume y se feliz

Es necesario, es bueno. Consume y se feliz

Frédéric Beigbeder: 13´99 euros


Érase una vez un creativo publicitario que trabajaba para una agencia haciendo feliz a gente a la obligaba a querer cosas que no necesitaban y para las que tampoco tenían dinero. El publicista en cambio sí tenía dinero gracias a todos esos pobres desgraciados que se mataban por conseguir lo que él promocionaba a base de agitar sus glándulas cerebrales, puro hipnotismo moderno, oiga. Hasta que un día lo dejó.


¿Como fue? ¿Le entró un ataque de conciencia? ¿Un exceso de cocaína tras su última inspiración creativa? ¿O fue todo junto y algo más? Como fuere, así comienzan las crónicas del publicista rebelde que decide destripar uno tras otro todos los trucos del oficio (escribo este libro para que me echen del trabajo) en una novela bastante autobiográfica, divertida e histérica, con un argumento contado a golpe de frases cortas e impactantes cual esloganes publicitarios: es además la única novela conocida por el Traficante que inserta pausas para la publicidad entre cada capítulo. Quizá el final de la histriónica trama sea un poco surrealista, pero todo lo demás, hasta llegar a la culminación en el Festival Publicitario de Cannes (¿alguien se creía que allí viven sólo del cine todo el año?) es sarcástico, rocambolesco y cierto. Bueno, tan cierto como un anuncio de la tele, mientras se lo crean, ¿que más da? Escuchemos al especialista:


Yo decreto lo que es Auténtico, lo que es Hermoso, lo que esta Bien. Elijo a las modelos que dentro de seis meses, os la pondrán dura. A fuerza de verlas retratadas, las bautizáis como top-models; mis jovencitas traumatizarán a cualquier mujer que tenga más de catorce años. Idolatráis lo que yo elijo. Este invierno se llevarán los senos mas altos que los hombros y el chochito rasurado. Cuanto más juego con vuestro subconsciente, más me obedecéis. Si canto las excelencias de un yogur en las paredes de vuestra ciudad, os garantizo que acabareis comprándolo. Creéis que gozáis de libre albedrío, pero el día menos pensado reconoceréis mi producto en la sección de un supermercado, y lo compraréis, así, sólo para probarlo, creedme, conozco mi trabajo.


Eso, dedicado a cualquier capullo que aún piense que en la sociedad de consumo hay cosas que son necesarias porque son útiles, y no porque te lavan el cerebro cada mañana además del cabello para hacerte creer que son necesarias. Una buena relectura por lo demás: el Traficante tiene el recuerdo particular de haber comprado el libro el primer día del año 2001, nada más entrar en vigor la nueva moneda europea. Por cierto, El Traficante nunca hace mención al precio de los libros (como no sea para discutir el precio fijo por ley vigente en España), pero por una vez hará una excepción. 13´99 euros cuesta 13´99 euros: el título es susceptible de cambios debido a la inflación económica.

Al final, todo el mundo atiende a razones

Al final, todo el mundo atiende a razones


Ultima ratio regum, o dicho de otra forma, "el argumento definitivo de los reyes". El rey Luis XIV de Francia mandó grabar este lema en todos los cañones que se forjaron durante su reinado, como este ejemplar capturado por los yankis. La frase es una de esos sarcasmos políticos que hacen historia, no como las declaraciones del ministro de turno ante los micrófonos que se olvidan al mes siguiente. Tanto es así, que Neal Stephenson la volvió a poner en circulación con la publicación de Snow Crash. Gracias, tío.

El blues de la muralla romana

El blues de la muralla romana


Wystan Hugh Auden: Otro tiempo / Another time


-Roman Wall Blues-


Over the heather the wet wind blows,
I´ve lice in my tunic and a cold in my nose.


The rain comes pattering out the sky,
I´m a Wall soldier, I don´t know why.


The mist creeps over the hard grey stone,
My girl´s in Tungria; I sleep alone.


Aulus goes hanging around her place,
I don´t like his manners, I don´t like his face.


Piso´s a Christian, he worships a fish;
There´d be no kissing if he had his wish.


She gave me a ring but I diced it away;
I want my girl and I want my pay.


When I´m a veteran with only one eye
I shall do nothing but look at the sky.



-El blues de la muralla romana-
(versión libre por cortesía de el Traficante)


Sopla el viento húmedo por encima del brezal
Tengo piojos en mi túnica y sufro congestión nasal.



La lluvia repiquetea contra el Muro al compás
Por qué hago guardia aquí, es algo que no sabré jamás



La niebla se enrosca sobre la piedra firme
Mi chica está lejos, duermo solo y triste.



Aulus anda tras ella, la ronda y se declara
No me gusta nada él, no me gusta su cara.



Piso adora a un pez porque es cristiano
Si fuera por él, besarse sería pecado.



Ella me dio un anillo lo perdí en una jugada
Quiero tener a mi chica, y quiero cobrar mi soldada.



Cuando yo sea veterano y esté licenciado y tuerto
No haré nada más que mirar el cielo desde mi huerto.


War Story :"La Historia es un campo donde todos pueden segar"

<strong><em>War Story</strong></em> :&quot;La Historia es un campo donde todos pueden segar&quot;

Garth Ennis (guión), Carlos Ezquerra (dibujo): War story: Condors


Así de primeras, Condors podría parecerse al típico chiste del repertorio hispano: "esto eran un alemán, un inglés, un irlandés y un español que se metieron en el cráter de un obús y entonces va el alemán y dice..." Sin embargo este es una relato de cuatro soldados distintos entre sí en tierra de nadie que pertenece a la serie de cómics War Story, de Garth Ennis. Todos los argumentos de la misma giran alrededor de episodios personales, "batallitas" contadas por los personajes, que suceden en el transcurso de la II Guerra Mundial. Aquí nos encontramos con un escenario menos habitual: la batalla del Ebro, en el tercer año de la Guerra Civil española, la batalla de los cien días. El interés del autor por este periodo de tiempo ya sirve por sí solo para enseñarnos que lo que se cocía en España era la antesala de algo mucho más gordo. A riesgo de resultar un poco tópico el Traficante opina que, como siempre, tienen que venir de fuera a contarnos nuestra propia historia. Y en el caso del mundo del comic, este es casi el único ejemplo serio de relatar este periodo, si dejamos aparte las extensas (ya van por el tercer tomo) aventuras de Max Fridman en ¡No pasarán! de Vittorio Giardino.


Ennis ya tenía alguna maña en narrar estas "batallitas" como bien sabe el lector de Predicador, la serie estrella del autor que le dio su justa fama, donde un sacerdote partía a la búsqueda de Dios, literalmente, para ajustarle las cuentas a ese viejo mamarracho y cobarde que huyo del Cielo para esconderse en la Tierra. Entremedias del arco argumental principal surgían anécdotas de barra de bar, como aquel relato del padre del protagonista en las selvas de Vietnam y su encuentro con John Wayne; o aquella historia de Cassidy sobre cómo se convirtió en vampiro, precedido por sus recuerdos de la lucha bajo las ordenes de De Valera, Liam Niss..., Michael Collins y otros padres de la patria nacional-católica irlandesa durante la rebelión de Pascua de 1916 en Dublín.


En Condors hay cuatro war stories dentro de una, con lo que resulta un trabajo redondo (el mejor de la producción hasta ahora). Todos tienen sus razones, todos tienen una historia que contar sobre por qué están allí. Un repaso a los tipos perfilados: el inocentón, léase "pánfilo", piloto alemán, el socialista inglés y su estúpido idealismo, el fascista irlandés sin escrúpulos (¿carece de escrúpulos porque es un fascista, o es realmente un fascista porque no tiene ninguno?); y, por ultimo, un republicano español con boina y mono de miliciano incluidos, del cual nada se nos dice de su afiliación política, aunque sí de las terribles y viscerales razones que lo llevan a combatir. Los dos últimos personajes son los que tienen las mejores líneas de diálogo (se aprende un poco sobre los "otros" brigadistas, los que combatieron por Franco sin ser soldados) siendo el español el que clava la puntilla con su declaración final sobre esa batalla en la que están inmersos, esa guerra en particular, las guerras en general y la humanidad en su conjunto. En su rencor hay algo que recuerda la dedicatoria que Camilo José Cela escribió para su propia versión de la guerra civil San Camilo 1936:



A los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo, de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia.


Y no a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos y a quienes nadie había dado vela en nuestro propio entierro.




Los matices de los personajes son grises, el tono general de la historia es negro hasta lo oscuro, incluidos los chistes. Quizá hay algo exagerado en las citas cultas sobre Marx y Darwin y, puestos a ser meticulosos, parece un milagro que todos los protagonistas puedan entenderse tan bien en inglés. Pero el trabajo de documentación textual y visual (el bombardeo de Guernika, descrito en sus sucesivas fases con la rigurosidad de un parte de guerra: todo el horror queda encomendado a la parte gráfica del virtuoso dibujante Ezquerra) hace de Condors un auténtica narración histórica.

Échale la culpa al jefe

Échale la culpa al jefe

Josep M. Rosanas Martí: Como destrozar la propia empresa y creerse maravilloso. Claves para evitar las malas artes empresariales.


Ni Sun Tzu, ni Maquiavelo. Los viejos filósofos de la guerra y la política práctica aplicados a los ejecutivos agresivo de hoy día no enseñan tanto como este breve manual del genero de literatura empresarial trufado de psicología inversa. No es que diga nada original. De hecho, repite machaconamente los mismos conceptos una y otra vez durante las ciento y poco páginas, así que uno puede pasar directamente al epílogo, dedicado tanto a subordinados y proletarios de oficina que le tienen ganas al jefe como a asociados de clubes de ajedrez y corales de canto y militantes de partidos políticos que tengan que aguantar al capitoste de turno:



Un breve resumen para terminar, querido lector. Ya he advertido que este libro está pensado para el lector apresurado, y que no es imprescindible haber leído todo para llegar aquí. En el fondo, así como los Mandamientos de la Ley de Dios se resumen en dos, estos consejos para destrozar su empresa se resumen en tres:


1) Maltrate a las personas que forman parte de su empresa, cuanto más mejor. No físicamente (podría usted ir a la cárcel), tampoco no pagándoles lo debido (también), ni insultándoles de manera explícita (aunque esto, a veces, puede empezar a tener su eficacia). Esencialmente, tratándoles como cosas o como animalitos, dándoles a cambio dinero (el mínimo posible) o algún azucarillo (sonrisas, que cuestan poco) tratando de extraerles todo lo que a usted le puede interesar sin tener en cuenta para nada lo que les puede interesar a ellos. Haga que se sientan defraudados con la mayor frecuencia posible. Cuando sea así, les recuerda que usted es el jefe y que tiene el derecho legal a tomar la decisión que corresponda.


En resumen, y como el management consiste esencialmente en hacer las cosas a través de otras personas, para organizar un desastre haga lo que a estas otras personas les molesta. Haga que le odien. Haga que haya mal ambiente. Haga que todo el inundo se enfade. Pero ¡cuidado! Las personas tienen su propia manera de ver las cosas y es posible que si usted pretende crear mal ambiente, se cree un buen ambiente... contra usted. Y que hagan funcionar las cosas como a ellos les parece y no como le parece a usted; con lo que no se sentirá nada maravilloso.


2) Haga exactamente lo mismo con clientes y proveedores. Trate de extraer lo máximo posible de los primeros, e intente llevar a la ruina a los segundos. No se plantee el problema de cómo hacer algo que les resuelva algún problema a ellos: podrían agradecerlo y continuar comprando sus productos o prestándole a usted un buen servicio Si quiere usted destrozar su empresa, debe hacer que periódicamente se sientan defraudados exprimiéndoles lo máximo posible Tener a todo el mundo en contra es un elemento crucial en el destrozo, y si esto se consigue aumentando el beneficio por acción trimestral en unos céntimos, usted podrá sentirse satisfecho y maravilloso. Pues ¿qué se han creído?


3) Vaya usted a por todas. Apúntese a cualquier producto que tenga éxito (con retraso, por supuesto, porque si tiene éxito es que no es usted el primero), apúntese a cualquier técnica de gestión que tenga éxito, use cualquier tipo de truco para conseguir que su gente haga lo que usted quiere tanto si va en su propio interés (de ellos) como si no. De esta manera, si su empresa tiene una competencia distintiva, si tiene alguna personalidad, la ira perdiendo al incorporarse tarde a lo que los demás ya saben hacer mejor que ella. Igualmente, al incorporar las técnicas (ya ligeramente obsoletas) que tienen éxito en otros sitios, y hacerlo como meras técnicas estará tratando a su personal como si fuera un objeto inanimado, con lo que conseguirá que realmente se convierta, en un objeto inanimado en relativamente poco tiempo. Si entonces usa usted algún incentivo económico fuerte, o algún truquito psicológico para conseguir que hagan lo que usted quiera, prácticamente lo tiene hecho. Su empresa está destrozada: la gente no le sigue más que con trucos o con cantidades crecientes de dinero; su empresa no tiene ninguna ventaja competitiva sobre las demás y la motivación de los que la componen está bajo mínimos. Elementos imprescindibles, y prácticamente suficientes, como para que al cabo de poco tiempo no queden de ella mas que trocitos.


Y usted puede creerse maravilloso con toda tranquilidad. Posiblemente los efectos perversos de su gestión no se noten hasta que haya tomado las riendas su sucesor. Y si entonces a alguien se le ocurre echarle la culpa a usted, le sobran argumentos para combatirles: tomó decisiones arriesgadas en su momento para adaptarse al mercado. No consiguió que su gente, anclada en antiguos prejuicios, le siguiera. Nadie le puede reprochar nada: usó usted las más modernas técnicas de gestión y de motivación. Incluso hizo cursos de comunicación para tratar de ver dónde fallaba usted al transmitir los mensajes (en realidad, usted sabe que tomó el curso para ver dónde fallaban ellos al escuchar. Un ingrediente importante en creerse maravilloso es buscar siempre la culpa en los demás. Y es que son tan estúpidos que hay que decirles las cosas de determinada manera para que no las malinterpreten. jQué lata! tener que entretenerse en hacer ver los porqués de las cosas ¿no?. Un ejecutivo no debería tener que perder tiempo en estos asuntos, con la cantidad de reuniones importantes con otros directivos maravillosos que tiene pendientes...

Snow Crash:El héroe del día

<strong><em>Snow Crash</strong></em>:El héroe del día

Neal Stephenson: Snow Crash


El Traficante quiere dejarlo claro desde el principio: Neo, el paleto místico de Matrix, es una pobre copia de Hiro Protagonist. Sí, la trilogía peliculera bebe de todo el movimiento y la estética ciberpunk (sea eso lo que diablos sea o fuera en su momento) y sus fuentes son variadas. Pero el primero, el indiscutible rebelde de la Red, el tipo que va salvarle el culo a todos los que están conectados mientras reparte tajos con su espada katana, ya sea en el Metaverso o en el mundo real, es el bueno de Hiroki. Viste de negro, hackea en sus ratos libres y tiene un oficio peligroso: repartir pizzas a toda hostia en menos de treinta minutos por encargo de la Mafia. Bienvenidos (otra vez más) al futuro. Siguiendo las pautas dadas por san William Gibson tenemos aquí, como en toda novela del subgénero: un gobierno federal, central y/o estatal que se ha evaporado (en este caso los Estados Unidos subastados pedazo a pedazo a las grandes franquicias), drogas (la más peligrosa de ellas, la religión), tecnología punta aplicada al campo del armamento (fabulosa esa ultima ratio regum, aunque no tan peligrosa como un arpón hecho de bambú y un par de cuchillos de vidrio), y, ah sí, ritmo, tendencias melódicas, marcha, o sea música.


En la muchas veces aburrida estética de la literatura de ciencia ficción, los del ciberpunk supieron darle notas de color con invenciones de sonido atronante. Gibson se saco de la manga a los raperos de Coran Cromado y el heavy pentecostal (memorable tema aquel de "Jesús y yo te vamos a partir tu maldito culo pagano") y Bruce Sterling hacía referencia al rock del Telón de Acero de Brygada Kryzys. En el caso de la novela de Neal Stephenson es un cachondeo leer las letras del rapero japonés Sushi K., o imaginarse como sonaría el metal ucraniano de Vitaly Chernobyl y los Desastres Nucleares (al Traficante se le olvido mencionarlo, Hiro también es promotor musical).


Tampoco falta ese conjunto de ordenadores interconectados a través de una red de cable que conforman un universo paralelo. Su descripción de una Internet en tres dimensiones en la que la gente se divierte, comunica, comercia y mata entre sí, no es realista porque fuera anticipatoria en un tiempo (1992, cuando se escribió la novela) en que la Red todavía estaba en pañales. Es realista porque se fija en detalles ciertos de sentido comun:



En el mundo real (planeta Tierra, Realidad) hay entre seis y diez mil millones de habitantes. En cualquier momento que se tome, la mayoría de ellos está fabricando ladrillos de barro o desmontando y limpiando sus AK-47. Quizá mil millones de personas tengan dinero para poseer un ordenador; esa gente tiene más dinero que todos los demás juntos.




Y esos últimos, los cuales no todos usan el ordenador, más los que se conectan desde sitios públicos superpueblan y atascan el Metaverso (más o menos como ahora Internet) palabro fresco y original porque todo el mundo desde Neuromante ha usado, y abusado de "Ciberespacio".


Con todo y sólo por seguir fastidiando a Matrix, leer Snow Crash es mejor que ver tres películas enteras con la cámara rodando en tiempo bala y el jodido Marilyn Manson atronando en los altavoces: duelos de samurai virtuales, tiroteos entre lanchas en medio de una ciudad de chabolas flotantes habitada por refugiados, y ese grandísimo cabronazo de Cuervo rajando por la mitad a todos los agentes de seguridad que se le cruzan por el camino, todo muy visual, muy gráfico, espectacular. De cine, vamos. Pero no se vayan todavía, que hay más: capítulos enteros de especulación y "cháchara" filosófica por cortesía del programa Bibliotecario, desde la mitología sumeria y su escritura primigenia a la gramática generativa de Chomsky o las teorías sobre el origen y la diversidad de los lenguajes humanos de George Steiner (Después de Babel), el paraíso de un lingüista de acción. ¿El Oraculo? ¿Pastilla roja? ¿Pastilla azul? ¡Los cojones!


Y ya se puede ir olvidando uno de esas tramas pseudocultas de mensajes escondidos en los cuadros de algún pintor renacentista italiano sospechosamente homosexual cuyos secretos desvelados amenazarían hasta al Opus Dei, todo ello salpicado con explicaciones escritas como si el lector sufriese alguna clase de severo retraso mental por el que fuese obligado a recibir todo de manera simple y redundante. Con mucha erudición, y con mucha sorna también, Neal Stephenson es capaz de afirmar (seamos serios, lo afirman sus personajes) que el monoteísmo es un virus cultural (o una vacuna, pero una vacuna no deja de ser un virus) que se propaga a través de la escritura y la difusión del conocimiento. ¿Una crítica atea? quizá quizá; aquí hay una perla de otro personaje que merece reseñarse:



El noventa y nueve por ciento de lo que se hace en la mayoría de las iglesias cristianas no tiene nada que ver con la religión. La gente inteligente acaba por darse cuenta tarde o temprano, y de ahí deducen que el cien por cien son gilipolleces; por eso la gente asocia el ser inteligente con ser ateo.




El Traficante lo sabe desde que leyó En el principio fue la línea de comandos, esa Historia Universal Cachonda de Internet y la informática redactada por el mismo Stephenson: un hacker no es más que un escritor que escribe en un lenguaje propio, el código de programa; luego un hacker tiene su propio estilo retórico, su gramática y su vocabulario. Pero no hay dos códigos iguales, como no hay dos estilos iguales ni dos libros iguales. Y nada hay más sorprendente en Snow Crash que aplicar un léxico de tres mil años de antigüedad a los conceptos informáticos de hoy en día. Esto, además de romper con el tópico vocabulario plagado de neologismos del subgénero, sirve para identificar el peligro milenario que acecha en la novela, la amenaza del virus cultural/lingüítico de Babel que provocará el nuevo Infocalipsis de la era tecnológica: el Snow Crash. Guay, que diría A.T., la joven mensaka y asociada de Hiro.


El final es un tanto improvisado, sin ser brusco. Pero tras recorrer los anchos territorios de Criptonomicón, la penultima novela de Stephenson (y a la espera de comenzar la expedición hacia Azogue, su precuela) no es difícil dudarlo: el final es lo de menos para el autor. El principio sirve para calentar motores, es el contenido, lo que hay en medio, lo que importa: la acción, la digresión entretenida, los tiroteos, la retórica jocosa, la especulación irónica y los chistes del tamaño de un memorando de oficina. El final no es más que un engorro necesario que sucede porque simplemente se acaban las páginas del libro. Eso le da mas sentido a la expresión de que se trata de una novela que no querrías que se acabase nunca.

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Postales del Traficante: la espada de Stalingrado

Postales del Traficante: la espada de Stalingrado


Vieja simbología para una nueva y moderna guerra. Ni Excalibur, ni Anduril, ni la Tizona del Cid. Martin Amis dedica algunos párrafos de Koba el Temible a los amigotes de la vieja guardia de Koba, de cuando los tiempos de la represión en Tsaritsin (algunos de ellos luego serían reprimidos a su vez por orden del mismo camarada Stalin). En una nota al pie el autor se refiere al siempre incompetente Voroshílov. (...)En Teherán durante la conferencia de los Aliados de 1943, cuando Churchill, en un ambiente de emoción histórica, entregó a Stalin ("por orden del rey") la Espada de Stalingrado, Voroshílov consiguió que se le cayera mientras se la llevaba de la sala con toda solemnidad. Es una de tantas anécdotas chistosas que recorren el libro (la risa). Por cierto, Tsaritsin, años antes del emotivo encuentro recogido en la foto pasó a llamarse Stalingrado (luego Volgogrado) y ya estaba cubierta de cadáveres (los veinte millones) cuando se produjo la invasión alemana.

Koba el Temible:Dsachtó?

<strong><em>Koba el Temible</strong></em>:Dsachtó?

Martin Amis: Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones


La risa. Pregunta: por qué los policías soviéticos patrullan la calle de tres en tres.
Respuesta: Porque hace falta un policía que sepa leer, otro que sepa escribir, y un tercero para vigilar de cerca a los dos intelectuales.


Los Veinte Millones. Aquellos que murieron entre 1917 y 1953, año del fallecimiento de Stalin. Los números son aproximados. Se ha considerado derechista calcular al alza, pero hay quien afirma que las cifras puedan rebasar las bajas civiles y militares en todo el mundo producidas durante toda la Segunda Guerra mundial (40-50 millones). ¿Por qué tantos?


La gente vería de mal gusto hacer bromas sobre los campos de exterminio nazi. Sin embargo, se usa la risa para explicar este otro periodo negro del siglo XX. De hecho, los primeros en utilizarla son los propios soviéticos. Ahí va otra: la policía política llega a un bloque de apartamentos a las cuatro de la madrugada y comienza a golpear la puerta de una casa. Desde dentro responden, "Os habéis equivocado de sitio, los comunistas viven en el piso de arriba". ¿Por qué es gracioso?


El Traficante maneja buenas referencias acerca Martin Amis y sabe que es un reventador de tópicos: su libro Tren nocturno es una novela policial, no simplemente policiaca. Y, en opinión del Traficante, el libro de relatos Mar gruesa contiene uno de los mejores relatos de ciencia ficción de final de siglo como es "El portero de Marte". Maneja un estilo literario despiadado que va envuelto en la ironía, muy al uso de tiempos como estos en que es necesario ser despiadado con ciertas letras y ciertos textos (y por qué no, ciertas personas) que parecen inamovibles.


El autor se presenta en esta obra como un tío que simplemente ha leído varios metros de estantería con libros sobre el tema. El que ha escrito él no es uno de historia, ni un ensayo político (demasido político, se entiende), ni siquiera una biografía acerca de Iosif Visarionovich Dzhugashvili, alias Stalin, alias Koba (aunque sí puede tratarse de un cursillo sobre Koba el Temible, tal como se titula la parte principal del libro). Se clasifica el libro como "memorialístico", y más parece un ajuste de cuentas con el pasado y el entorno personal que otra cosa. Aparecen recuerdos de su padre Kingsley Amis, también novelista y militante comunista en su juventud de Oxford, de la propia juventud de Martin, cuando escribía artículos culturales para la prensa izquierdista británica. Sobre todo hay inquisiciones acerca de la intelectualidad occidental en general que se dejó seducir en su día por ciertos ideales (o aún se deja), cerró (cierra) los ojos, y disculpó (disculpa) ciertos excesos, comportamientos, políticas destinadas a provocar lo que Amis llama el hundimiento del valor de la vida humana. ¿Se volvieron ciegos o miopes? ¿Por qué?


Más a fondo, se puede decir que lo suyo es un ajuste de cuentas contra la mala literatura y los malos literatos. Amis incluye tantos ejemplos que bien se podría decir que toda la experiencia socialista en la URSS fue un proceso contra la buena literatura y el talento en general. Cuando se dice que los intelectuales son tipos sensibles es porque se dan cuenta enseguida que ha cambiado la dirección del viento, y por eso se encuentran entre los primeros en caer.


Del lado de diablo: Lenin farragoso emborronador de páginas, quien declaró una vez que los intelectuales son mierda. Trotsky, dotado de cierto estilo literario, y a quien su propio exilio y asesinato no le libraron de ser el mismo un criminal. Y el ex-seminarista georgiano Koba, apodo tomado del personaje de una mala novela realista rusa que todos los aprendices de revolucionario habían leído en su juventud. Algo así como si todos capos colombianos de la droga tuviesen de libro de cabecera los poemas de un plagiador de Baudelaire. De Stalin/Koba hay atribuido un poema que el traficante no reproduce aquí por el respeto que aún le queda hacia la literatura. Amis recoge la idea de que se podría hacer un curioso libro antológico con la mejor lírica de Mao, Castro, Stalin y Ho chi Min; el volumen incluiría una selección de acuarelas de A. Hitler.


Los caídos: Gorki, el clásico de su época; éste en vez de adular al régimen fue adulado por él, lo que quien sabe si fue peor, ya que fue utilizado como escaparate ante el mundo del poder cultural de la URSS. El resto de la compañía corrió diferente suerte: desde los directamente fusilados como Isaac Babel, hasta Bulgakov, que vivió muerto en vida porque jamás se le permitió volver a publicar nada. Otros como Solzhenitsin o Shalamov se convirtieron en auténticos escritores precisamente a partir de su experiencia en el sistema de campos de concentración soviético, el gulag.


La enumeración de barbaridades físicas e intelectuales, de paranoias del poder a la busca de culpables en todas partes, de imposiciones del idealismo sobre su entorno y la sustitución de la realidad, que es el auténtico espíritu del totalitarismo, parecen no tener fin en el libro. Amis describe brevemente una batalla anónima, imaginada, pero que debió ocurrir en muchas partes del frente oriental durante la II Guerra mundial. Si la guerra parece una locura por sí sola intenta pensar en esto: dos unidades combatiendo entre ellas con ametralladoras, artillería (posiblemente), incluso puede que tanques. Y al otro lado del campo de batalla un tercer ejército a la espera. Gracias a la Orden 270 promulgada por Stalin, las llamadas unidades de bloqueo tenían orden de ejecutar a sus propias tropas en caso que estas se retirasen. Los que se rendían al enemigo podían dar por sentado la detención de sus familiares y la privación de cualquier derecho que todavía pudiesen tener. ¿Por qué?


Conocemos los nombres de Auschwitz y Treblinka, dice Amis, pero a casi nadie le suenan sitios como Vorkuta o Slovetski. ¿Por qué? El genocidio de los judíos en la Europa de los años cuarenta tiene varios nombres: Holocausto (una palabra errónea que hace pensar equivocadamente en un sacrificio religioso), o Shoáh, el viento de la muerte de alas negras. Al genocidio del periodo soviético, entre la revolución de Octubre y la muerte de Stalin, no se le da ningún término concreto que resuma en una palabra toneladas de información, estadísticas, historias personales o simple chismorreo histórico. La guerra civil posterior a la Revolución Rusa, la represión directa que siguió, la deportación y los campos de trabajo, y, sobre todo el hambre: la principal hambruna a partir de 1938 fue producto de uno esos experimentos de terror económico consistentes en convertir a los granjeros propietarios de su tierra trabajada en braceros colectivizados y confiscar todas las reservas de grano para exportarlo al exterior.


Si hubiera que buscar una palabra Martin Amis apostaría por Dsachtó?: ¿por qué? "¿Por qué?" era la pregunta que se formulaba cada cual todos los días en el archipiélago gulag. Podemos imaginarnos esa palabra grabada en todos los árboles de la taiga. Y nadie sabía el porqué.

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