El traficante de libros

Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos (Michel Houllebeq Plataforma)

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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2004.

19/06/2004

Koba el Temible:Dsachtó?

Koba.jpgMartin Amis: Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones


La risa. Pregunta: por qué los policías soviéticos patrullan la calle de tres en tres.
Respuesta: Porque hace falta un policía que sepa leer, otro que sepa escribir, y un tercero para vigilar de cerca a los dos intelectuales.


Los Veinte Millones. Aquellos que murieron entre 1917 y 1953, año del fallecimiento de Stalin. Los números son aproximados. Se ha considerado derechista calcular al alza, pero hay quien afirma que las cifras puedan rebasar las bajas civiles y militares en todo el mundo producidas durante toda la Segunda Guerra mundial (40-50 millones). ¿Por qué tantos?


La gente vería de mal gusto hacer bromas sobre los campos de exterminio nazi. Sin embargo, se usa la risa para explicar este otro periodo negro del siglo XX. De hecho, los primeros en utilizarla son los propios soviéticos. Ahí va otra: la policía política llega a un bloque de apartamentos a las cuatro de la madrugada y comienza a golpear la puerta de una casa. Desde dentro responden, "Os habéis equivocado de sitio, los comunistas viven en el piso de arriba". ¿Por qué es gracioso?


El Traficante maneja buenas referencias acerca Martin Amis y sabe que es un reventador de tópicos: su libro Tren nocturno es una novela policial, no simplemente policiaca. Y, en opinión del Traficante, el libro de relatos Mar gruesa contiene uno de los mejores relatos de ciencia ficción de final de siglo como es "El portero de Marte". Maneja un estilo literario despiadado que va envuelto en la ironía, muy al uso de tiempos como estos en que es necesario ser despiadado con ciertas letras y ciertos textos (y por qué no, ciertas personas) que parecen inamovibles.


El autor se presenta en esta obra como un tío que simplemente ha leído varios metros de estantería con libros sobre el tema. El que ha escrito él no es uno de historia, ni un ensayo político (demasido político, se entiende), ni siquiera una biografía acerca de Iosif Visarionovich Dzhugashvili, alias Stalin, alias Koba (aunque sí puede tratarse de un cursillo sobre Koba el Temible, tal como se titula la parte principal del libro). Se clasifica el libro como "memorialístico", y más parece un ajuste de cuentas con el pasado y el entorno personal que otra cosa. Aparecen recuerdos de su padre Kingsley Amis, también novelista y militante comunista en su juventud de Oxford, de la propia juventud de Martin, cuando escribía artículos culturales para la prensa izquierdista británica. Sobre todo hay inquisiciones acerca de la intelectualidad occidental en general que se dejó seducir en su día por ciertos ideales (o aún se deja), cerró (cierra) los ojos, y disculpó (disculpa) ciertos excesos, comportamientos, políticas destinadas a provocar lo que Amis llama el hundimiento del valor de la vida humana. ¿Se volvieron ciegos o miopes? ¿Por qué?


Más a fondo, se puede decir que lo suyo es un ajuste de cuentas contra la mala literatura y los malos literatos. Amis incluye tantos ejemplos que bien se podría decir que toda la experiencia socialista en la URSS fue un proceso contra la buena literatura y el talento en general. Cuando se dice que los intelectuales son tipos sensibles es porque se dan cuenta enseguida que ha cambiado la dirección del viento, y por eso se encuentran entre los primeros en caer.


Del lado de diablo: Lenin farragoso emborronador de páginas, quien declaró una vez que los intelectuales son mierda. Trotsky, dotado de cierto estilo literario, y a quien su propio exilio y asesinato no le libraron de ser el mismo un criminal. Y el ex-seminarista georgiano Koba, apodo tomado del personaje de una mala novela realista rusa que todos los aprendices de revolucionario habían leído en su juventud. Algo así como si todos capos colombianos de la droga tuviesen de libro de cabecera los poemas de un plagiador de Baudelaire. De Stalin/Koba hay atribuido un poema que el traficante no reproduce aquí por el respeto que aún le queda hacia la literatura. Amis recoge la idea de que se podría hacer un curioso libro antológico con la mejor lírica de Mao, Castro, Stalin y Ho chi Min; el volumen incluiría una selección de acuarelas de A. Hitler.


Los caídos: Gorki, el clásico de su época; éste en vez de adular al régimen fue adulado por él, lo que quien sabe si fue peor, ya que fue utilizado como escaparate ante el mundo del poder cultural de la URSS. El resto de la compañía corrió diferente suerte: desde los directamente fusilados como Isaac Babel, hasta Bulgakov, que vivió muerto en vida porque jamás se le permitió volver a publicar nada. Otros como Solzhenitsin o Shalamov se convirtieron en auténticos escritores precisamente a partir de su experiencia en el sistema de campos de concentración soviético, el gulag.


La enumeración de barbaridades físicas e intelectuales, de paranoias del poder a la busca de culpables en todas partes, de imposiciones del idealismo sobre su entorno y la sustitución de la realidad, que es el auténtico espíritu del totalitarismo, parecen no tener fin en el libro. Amis describe brevemente una batalla anónima, imaginada, pero que debió ocurrir en muchas partes del frente oriental durante la II Guerra mundial. Si la guerra parece una locura por sí sola intenta pensar en esto: dos unidades combatiendo entre ellas con ametralladoras, artillería (posiblemente), incluso puede que tanques. Y al otro lado del campo de batalla un tercer ejército a la espera. Gracias a la Orden 270 promulgada por Stalin, las llamadas unidades de bloqueo tenían orden de ejecutar a sus propias tropas en caso que estas se retirasen. Los que se rendían al enemigo podían dar por sentado la detención de sus familiares y la privación de cualquier derecho que todavía pudiesen tener. ¿Por qué?


Conocemos los nombres de Auschwitz y Treblinka, dice Amis, pero a casi nadie le suenan sitios como Vorkuta o Slovetski. ¿Por qué? El genocidio de los judíos en la Europa de los años cuarenta tiene varios nombres: Holocausto (una palabra errónea que hace pensar equivocadamente en un sacrificio religioso), o Shoáh, el viento de la muerte de alas negras. Al genocidio del periodo soviético, entre la revolución de Octubre y la muerte de Stalin, no se le da ningún término concreto que resuma en una palabra toneladas de información, estadísticas, historias personales o simple chismorreo histórico. La guerra civil posterior a la Revolución Rusa, la represión directa que siguió, la deportación y los campos de trabajo, y, sobre todo el hambre: la principal hambruna a partir de 1938 fue producto de uno esos experimentos de terror económico consistentes en convertir a los granjeros propietarios de su tierra trabajada en braceros colectivizados y confiscar todas las reservas de grano para exportarlo al exterior.


Si hubiera que buscar una palabra Martin Amis apostaría por Dsachtó?: ¿por qué? "¿Por qué?" era la pregunta que se formulaba cada cual todos los días en el archipiélago gulag. Podemos imaginarnos esa palabra grabada en todos los árboles de la taiga. Y nadie sabía el porqué.

19/06/2004 22:59 enlázalo. Tema: Leídos Hay 1 comentario.

27/06/2004

Postales del Traficante: la espada de Stalingrado

EspadaStalingrado.jpg


Vieja simbología para una nueva y moderna guerra. Ni Excalibur, ni Anduril, ni la Tizona del Cid. Martin Amis dedica algunos párrafos de Koba el Temible a los amigotes de la vieja guardia de Koba, de cuando los tiempos de la represión en Tsaritsin (algunos de ellos luego serían reprimidos a su vez por orden del mismo camarada Stalin). En una nota al pie el autor se refiere al siempre incompetente Voroshílov. (...)En Teherán durante la conferencia de los Aliados de 1943, cuando Churchill, en un ambiente de emoción histórica, entregó a Stalin ("por orden del rey") la Espada de Stalingrado, Voroshílov consiguió que se le cayera mientras se la llevaba de la sala con toda solemnidad. Es una de tantas anécdotas chistosas que recorren el libro (la risa). Por cierto, Tsaritsin, años antes del emotivo encuentro recogido en la foto pasó a llamarse Stalingrado (luego Volgogrado) y ya estaba cubierta de cadáveres (los veinte millones) cuando se produjo la invasión alemana.

27/06/2004 16:36 enlázalo. Tema: Anexos Hay 1 comentario.

28/06/2004

Fama

Baldomero.jpgHoy día, todo el mundo escribe.
Baldomero
28/06/2004 01:41 enlázalo. Tema: Anexos No hay comentarios. Comentar.

30/06/2004

Snow Crash:El héroe del día

04-SnowCrash.jpgNeal Stephenson: Snow Crash


El Traficante quiere dejarlo claro desde el principio: Neo, el paleto místico de Matrix, es una pobre copia de Hiro Protagonist. Sí, la trilogía peliculera bebe de todo el movimiento y la estética ciberpunk (sea eso lo que diablos sea o fuera en su momento) y sus fuentes son variadas. Pero el primero, el indiscutible rebelde de la Red, el tipo que va salvarle el culo a todos los que están conectados mientras reparte tajos con su espada katana, ya sea en el Metaverso o en el mundo real, es el bueno de Hiroki. Viste de negro, hackea en sus ratos libres y tiene un oficio peligroso: repartir pizzas a toda hostia en menos de treinta minutos por encargo de la Mafia. Bienvenidos (otra vez más) al futuro. Siguiendo las pautas dadas por san William Gibson tenemos aquí, como en toda novela del subgénero: un gobierno federal, central y/o estatal que se ha evaporado (en este caso los Estados Unidos subastados pedazo a pedazo a las grandes franquicias), drogas (la más peligrosa de ellas, la religión), tecnología punta aplicada al campo del armamento (fabulosa esa ultima ratio regum, aunque no tan peligrosa como un arpón hecho de bambú y un par de cuchillos de vidrio), y, ah sí, ritmo, tendencias melódicas, marcha, o sea música.


En la muchas veces aburrida estética de la literatura de ciencia ficción, los del ciberpunk supieron darle notas de color con invenciones de sonido atronante. Gibson se saco de la manga a los raperos de Coran Cromado y el heavy pentecostal (memorable tema aquel de "Jesús y yo te vamos a partir tu maldito culo pagano") y Bruce Sterling hacía referencia al rock del Telón de Acero de Brygada Kryzys. En el caso de la novela de Neal Stephenson es un cachondeo leer las letras del rapero japonés Sushi K., o imaginarse como sonaría el metal ucraniano de Vitaly Chernobyl y los Desastres Nucleares (al Traficante se le olvido mencionarlo, Hiro también es promotor musical).


Tampoco falta ese conjunto de ordenadores interconectados a través de una red de cable que conforman un universo paralelo. Su descripción de una Internet en tres dimensiones en la que la gente se divierte, comunica, comercia y mata entre sí, no es realista porque fuera anticipatoria en un tiempo (1992, cuando se escribió la novela) en que la Red todavía estaba en pañales. Es realista porque se fija en detalles ciertos de sentido comun:



En el mundo real (planeta Tierra, Realidad) hay entre seis y diez mil millones de habitantes. En cualquier momento que se tome, la mayoría de ellos está fabricando ladrillos de barro o desmontando y limpiando sus AK-47. Quizá mil millones de personas tengan dinero para poseer un ordenador; esa gente tiene más dinero que todos los demás juntos.




Y esos últimos, los cuales no todos usan el ordenador, más los que se conectan desde sitios públicos superpueblan y atascan el Metaverso (más o menos como ahora Internet) palabro fresco y original porque todo el mundo desde Neuromante ha usado, y abusado de "Ciberespacio".


Con todo y sólo por seguir fastidiando a Matrix, leer Snow Crash es mejor que ver tres películas enteras con la cámara rodando en tiempo bala y el jodido Marilyn Manson atronando en los altavoces: duelos de samurai virtuales, tiroteos entre lanchas en medio de una ciudad de chabolas flotantes habitada por refugiados, y ese grandísimo cabronazo de Cuervo rajando por la mitad a todos los agentes de seguridad que se le cruzan por el camino, todo muy visual, muy gráfico, espectacular. De cine, vamos. Pero no se vayan todavía, que hay más: capítulos enteros de especulación y "cháchara" filosófica por cortesía del programa Bibliotecario, desde la mitología sumeria y su escritura primigenia a la gramática generativa de Chomsky o las teorías sobre el origen y la diversidad de los lenguajes humanos de George Steiner (Después de Babel), el paraíso de un lingüista de acción. ¿El Oraculo? ¿Pastilla roja? ¿Pastilla azul? ¡Los cojones!


Y ya se puede ir olvidando uno de esas tramas pseudocultas de mensajes escondidos en los cuadros de algún pintor renacentista italiano sospechosamente homosexual cuyos secretos desvelados amenazarían hasta al Opus Dei, todo ello salpicado con explicaciones escritas como si el lector sufriese alguna clase de severo retraso mental por el que fuese obligado a recibir todo de manera simple y redundante. Con mucha erudición, y con mucha sorna también, Neal Stephenson es capaz de afirmar (seamos serios, lo afirman sus personajes) que el monoteísmo es un virus cultural (o una vacuna, pero una vacuna no deja de ser un virus) que se propaga a través de la escritura y la difusión del conocimiento. ¿Una crítica atea? quizá quizá; aquí hay una perla de otro personaje que merece reseñarse:



El noventa y nueve por ciento de lo que se hace en la mayoría de las iglesias cristianas no tiene nada que ver con la religión. La gente inteligente acaba por darse cuenta tarde o temprano, y de ahí deducen que el cien por cien son gilipolleces; por eso la gente asocia el ser inteligente con ser ateo.




El Traficante lo sabe desde que leyó En el principio fue la línea de comandos, esa Historia Universal Cachonda de Internet y la informática redactada por el mismo Stephenson: un hacker no es más que un escritor que escribe en un lenguaje propio, el código de programa; luego un hacker tiene su propio estilo retórico, su gramática y su vocabulario. Pero no hay dos códigos iguales, como no hay dos estilos iguales ni dos libros iguales. Y nada hay más sorprendente en Snow Crash que aplicar un léxico de tres mil años de antigüedad a los conceptos informáticos de hoy en día. Esto, además de romper con el tópico vocabulario plagado de neologismos del subgénero, sirve para identificar el peligro milenario que acecha en la novela, la amenaza del virus cultural/lingüítico de Babel que provocará el nuevo Infocalipsis de la era tecnológica: el Snow Crash. Guay, que diría A.T., la joven mensaka y asociada de Hiro.


El final es un tanto improvisado, sin ser brusco. Pero tras recorrer los anchos territorios de Criptonomicón, la penultima novela de Stephenson (y a la espera de comenzar la expedición hacia Azogue, su precuela) no es difícil dudarlo: el final es lo de menos para el autor. El principio sirve para calentar motores, es el contenido, lo que hay en medio, lo que importa: la acción, la digresión entretenida, los tiroteos, la retórica jocosa, la especulación irónica y los chistes del tamaño de un memorando de oficina. El final no es más que un engorro necesario que sucede porque simplemente se acaban las páginas del libro. Eso le da mas sentido a la expresión de que se trata de una novela que no querrías que se acabase nunca.

30/06/2004 22:58 enlázalo. Tema: Leídos No hay comentarios. Comentar.


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